Cataluña, curvas peligrosas hasta diciembre

Dejo Barcelona preciosa. Cielo azul, veinte grados de temperatura, sopla una brisa fresca que llega, como algunas nubes, desde el Mediterráneo. Las terrazas del Borne están llenas de gente desayunando con absoluta tranquilidad, el ambiente en las calles es de un lunes normal, donde incluso el liderazgo del Barça y la derrota del Real Madrid hacen que por unos instantes no se hable de política. Las Ramblas siguen siendo ese parque temático para los turistas que siguen paseando en buen número. Los taxistas esperan en las paradas y el transporte público funciona como un día cualquiera. Los niños están en las escuelas donde no han faltado los profesores, y servicios públicos como la sanidad o la justicia se prestan sin contratiempos. Cualquiera diría que hace poco más de 48 horas se declaró la independencia de Cataluña y estamos en el primer día laborable de aplicación del artículo 155 de la Constitución. Es la grandeza de un pueblo que siempre ha estado por encima de sus políticos.

Estos siguen a los suyo, enredando. Alguna travesura con fotos desde dentro del Palau de la Generalitat de Puigdemont para despistar, el cesado consejero Rull se hace una foto en su despacho y los mossos le invitan a marcharse, pero por lo demás también tranquilidad en los edificios oficiales del gobierno catalán intervenido por el gobierno central que parece optar por una ocupación no invasiva.

Esperemos que esta bella y esperanzadora normalidad sea la nota predominante en los 52 días que nos separan del 21 de diciembre, que nadie meta la pata en este tiempo, que no haya represión ni resistencia, y todo el mundo se limite a dejar pasar el tiempo entre estrategias electorales y preparaciones de campañas. Habrá días tensos, de eso no hay duda, hoy es uno de ellos y llegarán más. La querellas que pueda presentar la fiscalía por delitos tan graves como rebelión o sedición también marcarán puntos de confrontación que podrían alterar esa deseada normalidad. Por ello, la prudencia es ahora la mejor consejera.

Un fecha, el 21 de diciembre, es la nueva cuenta atrás en la política catalana, aunque esta vez el reloj conduce al alivio en lugar de a la tragedia. Se vió ayer en la gran manifestación en defensa de la unidad de España y en contra de la declaración de independencia. Contó con la presencia de todos los partidos constitucionalistas que realizaron las primeras llamadas a una participación masiva en las próximas elecciones para frenar al separatismo. Esa será su estrategia durante los próximos cincuenta días.

Los partidos independentistas deciden desde hoy mismo que hacer el 21 de diciembre. Convocadas por Rajoy en virtud del artículo 155, esas elecciones se han convertido en una china en el zapato del soberanismo. La CUP, en caliente, anunció que no se presentaría, pero este fin de semana, más en frío, no lo tiene tan claro. ERC y PDeCat han reunido a sus direcciones y el debate es más si concurrir juntos que presentarse o no a la elecciones. No se pueden permitir no presentarse, ni económica ni políticamente.

Las elecciones son un paso imprescindible para tratar de salir de la encrucijada más complicada a la que ha tenido que hacer frente la democracia española, pero no es la panacea que solucione todos los males en Cataluña. De hecho es muy probable que, escaño arriba escaño abajo, estemos en una situación muy parecida a la actual. Según las últimas encuestas, ni constitucionalistas ni independentistas tendrían una mayoría para gobernar. La marca de Podemos en Cataluña y Los Comunes podrían ser claves, y solo ante esa posibilidad se han roto, y Madrid ha tenido que intervenir ante la posibilidad de formar una gran coalición por el derecho a decidir con la que acudir a las urnas. Así que pensemos que cualquier situación complicada es susceptible de empeorar.

Pase lo que pase en las urnas, con el nuevo año habrá que recuperar la vía de la política. Con la desactivación del artículo 155 y con un nuevo gobierno legítimo en Cataluña, sea el que sea, Rajoy debe asumir su fracaso y entender que también en Madrid se deben convocar elecciones para buscar nuevos interlocutores y nuevas ideas con las que ponerse manos a la obra para enmendar los errores de la última década.

La reforma de la Constitución no puede esperar más y se debe afrontar sin más demora. Este país ha cambiado mucho para seguir vestido con el mismo traje de hace cuarenta años, como no lo entendamos rápido el traje puede estallar. Los cambios se han acelerado, y de que manera en el último lustro, si los seguimos negando y no nos adaptamos el desastre que nos está rondando en Cataluña nos caerá encima de todo el país. Por fin Rajoy ha comprendido que el problema catalán es un problema de todos. Un primer paso para solucionar los problemas es reconocerlos.

Es la hora de los valientes, de los que aprenden de los errores y saben estar a la altura. No creo que ni Puigdemont ni Rajoy entre en esta categoría, por eso es tan importante un paso por las urnas. Es hora de nuevos políticos y nuevas ideas, de dirigentes osados, capaces de intentar lo que nadie ha intentado hasta ahora. La posibilidad de un referéndum pactado y legal es la opción mayoritaria de los catalanes, y con el paso del tiempo y la incorporación de las nuevas generaciones a la vida política será una demanda imparable. Por ello cuanto antes nos dejemos de imposiciones y empecemos con la seducción, cuanto antes dejemos de mirar al pasado para ponernos a preparar el futuro, cuanto antes dejemos de envolvernos en banderas para llenarnos de argumentos, mejor nos irá a todos.

Probablemente los próximos días seguirán llenos de trampas, de momentos decisivos y de curvas peligrosas, si entre todos logramos esquivarlas se puede llegar con bien al 21 de diciembre y mantener esa Cataluña bella y tranquila que hoy dejo y a la que ojalá no tenga que volver hasta diciembre, sería el mejor síntoma de que aunque el desastre nos sigue rondando, lo hemos podido esquivar, de momento.

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Cataluña, paz y amor

Que gusto dejar de vivir días históricos y recuperar cierta normalidad. Olvidarnos de programas especiales y volver a las rutinas ordinarias. Poder pasear sin necesidad de sortear calles cortadas o controles policiales. Volver a ver las terrazas llenas, donde tomar un café y charlar con amigos. Poder vivir con tranquilidad sin necesidad de tener el corazón en un puño.

Hasta a Puigdemont parece gustarle esa dulce sensación de la cotidianidad. Hasta el punto de no convocar elecciones para poder hacer lo que hizo ayer. Tomarse un vino con amigos en un bar de su Girona entre las muestras de cariño de muchos de sus vecinos. Dicen que eso es lo que torció la voluntad del cesado president el jueves para no convocar finalmente las elecciones y dejar que se las convocase Rajoy. Los gritos de traidor hicieron mella en Puigdemont y olvidó su decisión inicial. Lástima que prefiriera la tranquilidad de poder seguir tomándose un vino con amigos, que la tranquilidad de siete millones y medio de catalanes que han perdido certidumbre en el futuro.

Que gusto dejar de vivir días trascendentales y volver esa relajación de los días normales, volver a poder conversar y hablar tranquilo. Un ejercicio que muchas veces olvidamos, dándonos la espalda en lugar de la cara cuando la crispación sustituye a la reflexión y los gritos a la palabra.

¿Y si el problema de Cataluña fuera un problema de desamor? Desde que llevo en Cataluña son muchas veces las que he oído: “si es que no nos queréis”, “como no nos queréis pues nos queremos ir”, ” nos insultáis, nos llamáis polacos, y ahora el interés en que seamos españoles”…. Son quejas constantes oídas estos días en las calles de Barcelona. Igual que también mucha gente con banderas esteladas te repite una y otra vez lo de “nosotros sí queremos a España”, lo que no queremos son las políticas del PP, o la monarquía borbónica, o esos sectores rancios que todavía siguen lastrando al país. Toma, y a los andaluces y a los gallegos y a los extremeños tampoco les gustan los recortes en derechos y libertades, ni la austeridad que ha traído esta crisis económica, ni la corrupción, ni los nostálgicos con olor a naftalina, y también soñamos con un país más moderno, más justo y con menos desigualdad.

Los catalanes han pensado siempre que los males del mundo se ceban con ellos. Que Franco solo torturó en Cataluña y no en Madrid, que la crisis solo les ha hecho más pobres a ellos y no a los andaluces, que una financiación inadecuada solo lastra a su Comunidad y no a Valencia o a Baleares. Lo que ha provocado cierta sensación de queja permanente y hartazgo en el resto del país.

Probablemente nos esté pasando como a esas parejas que han dejado de decirse “te quiero”. Más de un 70% de los catalanes, según las últimas encuestas, se sienten también españoles, y menos del 20% son los que se sienten únicamente catalanes. Con estos porcentajes está claro que no hemos dejado de querernos pero, quizás, sí de decírnoslo. Además, las malas políticas, las guerras de banderas, los nacionalismos, los encarcelamientos, los gritos de “a por ellos”, el “ellos nos roban”, las querellas, la inflamación de los sentimientos, las decisiones unilaterales, no ayudan a recuperar el climax para volver a mirarnos y comprobar que no somos distintos, que queremos lo mismo, trabajo, pan, progreso, estabilidad, justicia, libertad y paz.

Me preocupa ese llamamiento a la paz y al civismo tan repetida por Carles Puigdemont en los últimos tiempos. La última vez, en el mensaje institucional con el que dejaba claro que no aceptaba su cese por parte del gobierno central. Me ha recordado la imagen del pirómano llamando a apagar los fuegos. Deja de prenderlos. Visto como estos últimos años no se ha hecho más que pedir diálogo pero sin practicarlo y manteniendo inamovibles las posiciones, que se pedía responsabilidad mientras no se hacían más que gestos irresponsables, quiero pensar que esta vez los deseos de paz por parte de todos son mucho más sinceros, y no se contempla ningún escenario de violencia para apuntalar posiciones.

De que manera tan diferente se han tomado los ceses los cargos profesionales y los cargos políticos tras la activación del artículo 155 en Cataluña. Josep Luis Trapero realizaba en Sabadell, en la sede del mossos, con absoluta discreción el traspaso de poderes como nuevo major a su número 2, Ferrán López, entre llamadas a la lealtad y a la profesionalidad, aceptando la decisión pocas horas después de publicarse en el BOE.

Puigdemont y sus consejeros se han revuelto contra la decisión de Mariano Rajoy, pero también desde el postureo y la ambigüedad, porque piden resistencia y oposición democrática a la gente, mientras ellos no aclaran que van a hacer, otra vez pidiendo el voto secreto en urna. Lealtad y profesionalidad fueron las palabras más pronunciadas en las sedes de los mossos, dos palabras desconocidas en los vocabularios de la Generalitat y Moncloa en el último lustro. Ojalá en todo este lío el volante lo hubieran llevado profesionales y no los “hooligans” que nos han traído hasta aquí, que diferente hubiera sido todo, mucho más pacífico y con mucho más cariño.

Cataluña, abrazos y aplausos

Hago responsables a todos los que se abrazaron en el Parlament tras la declaración de independencia y a todos los que aplaudían a Rajoy en el Senado mientras anunciaba que intervenía el gobierno de una Comunidad Autónoma de lo que suceda en Cataluña los próximos días. Abrazos y aplausos para celebrar dos fracasos, dos medidas extremas, dos barbaridades.

Éramos la primera generación de españoles en tres siglos que tenía la oportunidad de solucionar las tensiones territoriales en Cataluña y ayer la perdimos, y lo que es peor, no tengo claro que las próximas generaciones puedan tener una oportunidad similar tras dos bombas H a la convivencia como la DUI o el artículo 155 cuya radioactividad en forma de desconfianza tardará en disiparse.

No entendí los abrazos que se producían delante de mis narices en el Parlamento de Cataluña tras la salida de los diputados del hemiciclo una vez aprobada la declaración de independencia. Una declaración que no se atrevieron a votar a cara descubierta y se escondieron en el voto en urna, con la mitad del hemiciclo vacío por la no participación de los grupos de Ciudadanos, PSC y PP, con menos apoyos que el número de diputados que tiene el bloque independentista y escondiéndose tras un referéndum sin garantías y el pueblo catalán, para excusarse que ellos no votaban esa independencia que ya estaba proclamada. Es decir alumbraban un nuevo país desde la cobardía y la mentira, de lo que nunca sale nada bueno.

Es mentira que ayer se declarase la independencia obedeciendo el mandato del pueblo de Cataluña. Solo votaron a favor los representantes del 48% de los catalanes, y ni siquiera, porque no todos los suyos votaron SÍ. Las matemáticas no engañan, el 1 de octubre tan solo votaron dos millones de catalanes, dando por bueno unos resultados sin garantías y con más irregulares que una carretera de ripio. Es decir, menos de un tercio de la población de Cataluña ¿así quieren plantear un nuevo país serio capaz de obtener reconocimiento internacional? Es una broma.

Por eso cada abrazo en el Parlament entre tíos elegidos democráticamente, la mayoría hasta con el graduado escolar, celebrando una mascarada con consecuencias imprevisibles, era una puñalada al sentido común y a la dignidad. Una independencia de las élites utilizando al pueblo que sí celebró sinceramente en la calle la primera fiesta de esta nueva república que les han vendido como una fiesta sin fin, eso sí, sin empresas, sin saber cómo se financiará para por ejemplo pagar pensiones, sin reconocimiento internacional y sin estructuras para garantizar trabajo y prosperidad. Un pueblo harto y decepcionado, como todos tras una crisis salvaje que se lo ha llevado todo, y que se agarra a la república como última esperanza de que la situación cambie y la tortilla de la vuelta. Una esperanza falsa, y los tipos que se abrazaban ayer en el Parlament lo saben. Por eso les hago responsables de lo que pase a partir de ahora, porque ya han dejado ver que utilizarán a ese pueblo para llenar las calles intentando resistir tras la quiebra de la legalidad que han provocado.

Pero también hago responsables de todo lo que suceda a los que ayer aplaudían al presidente Rajoy en el Senado mientras anunciaba las medidas que certificaban lo que es el mayor fracaso de su mandato. Obligado al uso de la fuerza con la aplicación del 155 tras haber sido incapaz de solucionar la crisis antes por las vías del diálogo, la política, los tribunales o la policía, se ha tenido que agarrar a una medida inédita en democracia para recuperar la normalidad. ¿Qué estaría diciendo el PP si la independencia de Cataluña se hubiera producido con un presidente socialista?

Los aplausos en el Senado fueron agujas clavadas en el más mínimo sentido de la responsabilidad. No extrañaron, esta misma gente aplaudió en el Congreso cuando se recortaron prestaciones por desempleo, se retiraban prestaciones sanitarias o se limitaban derechos y libertades. Pero ayer era un día de lágrimas y no de aplausos. De tristeza y no de abrazos.n

Uno no puede aplaudir ni abrazarse cuando con sus decisiones condena a millones de personas a un futuro incierto, marcado por la incertidumbre y con muchos interrogantes y ninguna certeza. Puigdemont sabe que la independencia es un brindis al sol sin ninguna consecuencia, y Rajoy que el artículo 155 es de muy difícil aplicación y por ello convoca elecciones el 21 de diciembre para acotar temporalmente una situación explosiva.

Esperemos que los dos presidentes que han acumulado más errores que los constructores del motor del coche de Fernando Alonso, ahora se limiten a dejar pasar el tiempo y a llegar a las elecciones con los menores daños posibles.

Hoy Barcelona amanece con absoluta normalidad y no creo que haya ningún catalan que el lunes no piense en acudir a su trabajo y a seguir con una vida normal, aunque ya se ha convocado una huelga general por los sindicatos más radicales. Bien el Govern animando a los funcionarios a seguir con su trabajo, bien Rajoy convocando elecciones tan pronto. Espero que uno no se atrinchere en un cargo que nadie más que él ha deslegitimado y plantee un escenario de violencia para resistir, y espero también que el otro no vuelva a cometer los errores del uno de octubre con actos de represión que incendiarían las calles y se limite a firmar cheques y pedir clips dejando que la vida normal fluya hasta que el 21 de diciembre se escriba un nuevo capítulo, que veremos si arroja algo de luz o más oscuridad en el incierto horizonte de Cataluña.

Cataluña, fracaso con vodevil

Se consuma el mayor fracaso de un gobierno en democracia. El Senado activa el artículo 155 de la Constitución para intervenir el autogobierno de Cataluña constatando el fracaso de la política, de los tribunales, del diálogo, de la convivencia, y nos resignamos a que sea a través de la fuerza como se intente devolver a Cataluña a la “normalidad”.

Tan solo un presidente del gobierno tuvo que amenazar con el 155 y ninguno ha tenido que ponerlo en práctica. Cuando Rajoy haya preparado su intervención en el Senado, no habrá podido dejar de pensar en la cantidad de errores cometidos a la hora de enfrentar la crisis territorial en Cataluña.

Es cierto que llegado a este punto, no hay otro remedio que activar al 155, pero ha habido diez años en que día a día, mes a mes, el presidente del gobierno ha estado pico y pala para traernos hasta aquí, o al menos no ha hecho nada para evitarlo. Es cierto que ni el propio Rajoy habría pensado hace solo un año que íbamos a llegar a esta situación.

La lista de errores sería infinita: estatut, su recurso al constitucional, recogidas de firmas, inmovilismo, boicots, no reconocer el problema, dejar hacer como el 9N, judicializar un asunto político, las mentiras del independentismo, la apelación a los sentimientos para incendiar la calle, la insolidaridad, la mediocridad política, el tacticismo, la desconfianza, la falta de claridad… Pero lo peor es que tras vivir ayer la jornada política más decepcionante y ridícula de la historia de la democracia, se confirmó que ni la derecha en España, ni el nacionalismo en Cataluña, quieren solucionar las tensiones territoriales porque les benefician.

Solo así se puede entender un vodevil como el vivido ayer. Ni la imaginación de Ramón María Del Valle Inclán al escribir los esperpentos, ni la mente de Goya al crear los disparates podían concebir el día que ayer nos regaló Carles Puigdemont. Tres convocatorias de declaraciones institucionales, una fecha de elecciones que no llegaron a convocarse, cúpulas de partidos reunidas para evaluar la nada, diputados dimitiendo y desdimitiendo, un pleno trascendental con el principal protagonista, el president, sin intervenir, poniendo la guinda a un día redondo.

Puigdemont se dio de bruces en cinco horas con toda la debilidad e inconsistencia de su trayectoria política. Bandazos, presiones y ridículo sin precedentes. El president comprobó como se le volvían en contra unas calles que él ha utilizado a base de mentiras y exaltaciones sentimentales. El arma, la medicina, que él tantas veces había utilizado lanzando a los ciudadanos contra Madrid, se la aplicaron en la Plaza San Jaume con gritos de traidor. Comprendió el concepto de tonto útil que de él tienen sus socios de ERC, que le amagaron con salir del Govern. La fama de trilero y fullero de la que se ha hecho acreedor provocaba la desconfianza absoluta desde Madrid, que no le dio la garantía de retirada del artículo 155 que él demandaba para anteponer, por primera vez desde que llegó al cargo, los intereses de los catalanes a los de él mismo.

Ayer acariciamos una salida al mayor desafío que ha tenido la democracia en España en 35 años, pero ni Puigdemont pudo, ni Rajoy quiso. El gobierno central, humillado con la celebración de referéndum del uno de octubre, ha visto en la debilidad del president y la quiebra interna del separatismo, una oportunidad para introducir el conflicto en una dinámica de vencedores y vencidos, sin darse cuenta que aquí ya hemos perdido todos.

Aunque ya estamos curados de espantos, preparémonos para otro tobogán de decepciones, sorpresas y desesperanza, traiciones y desconfianza, confrontación y agonía, de esperanzas de última hora y oscuridad. Hoy es un día para lamentar, quizás el de mañana sea el de empezar a llorar.

Cataluña, límite 48 horas

Entramos en las 48 horas más trascendentes en la historia de España en cuarenta años. Se decide la mayor crisis de la democracia española y comprobaremos si acaba en desastre, como parece lo más probable, o se logra reconducir, lo que ahora mismo sería un milagro. Llegamos a estas horas decisivas con el país en manos de dos de los políticos más irresponsables y con menos talla de nuestra historia reciente.

Carles Puigdemont, con un mínimo de decencia, ni siquiera habría llegado como president al trascendental pleno de este jueves en el Parlament. Su debilidad e inconsistencia le inhabilitan como responsable político. Llegó a la presidencia de la Generalitat gracias a los votos de la CUP y de sus socios de ERC, y en este tiempo se ha convertido en su esclavo, en un muñeco en manos de los más radicales. Puigdemont ha cometido el mayor error de un hombre de estado, renunciar a gobernar para la mayoría para ponerse al servicio de unos pocos.

Probablemente Puigdemont sea una de los pocos independentistas convencidos que hay en el seno del PDeCat, por eso lo aceptaron en la CUP, pero ha demostrado una irresponsabilidad política merecedora de prisión más allá de si comete o no un delito de rebelión.

Es de juzgado de guardia que ante la decisión más importante para el pueblo de Cataluña en casi medio siglo, el president se plante en el Parlament improvisando. Hay quien critica que en toda esta crisis la Generalitat no haya tenido plan B. En realidad no tiene ni plan A como se ha demostrado.

Es imposible resumir la cantidad de reuniones de Puigdemont en los últimos días con su gobierno, con los agentes movilizadores del independentismo y con personajes relevantes de la sociedad catalana. Y no acaba de tomar una decisión. Lo que hasta ahora entendíamos como ambigüedad y tacticismo quizás sea solo incompetencia.

La tensión política, social y económica está a punto de desbordarse en Cataluña. Las noticias duran veinte minutos antes de que sean sustituidas por otras en sentido contrario y seguimos sin saber que va a pasar mañana.

Es increíble que una sociedad catalana, ejemplar, organizada como pocas, cosmopolita, y que hace de la previsión y la laboriosidad la clave de su éxito, se haya puesto en manos de gente como la que ahora mismo la dirige. Y lo que es peor, que una parte importante de esta sociedad, haya comprado un discurso, no sólo basado en mentiras, sino que no tiene ninguna consistencia, que nace y se quiere dotar de legitimidad en un referéndum sin garantías, impropio del pueblo de Cataluña, que se ha hecho grande y próspero al asentar en bases sólidas las decisiones que le han impulsado a lo largo de la historia, y que no merece que la decisión más importante para varias generaciones de catalanes se asiente en un mero hecho de propaganda en el mejor de los casos, en una pantomima en el peor.

Cataluña no se merece un gobierno que por la mañana decida convocar elecciones y que su presidente acuda al Senado para intentar parar el 155 porque sería un desastre, que al mediodía, por la presión de sus socios y tras oír a las asociaciones soberanistas con voz y voto en el sanedrín independentista, crea que la salida es una declaración unilateral de independencia porque convocar elecciones sería una humillación, y por la noche, tras el amago de dimisiones en el Govern, ya no sabe que hacer.

Parecía imposible ser peor político que Más, pero Puigdemont lo ha conseguido. De hecho, como será el tipo, que ha conseguido que a su lado hasta Mariano Rajoy parezca un estadista. El presidente del gobierno al que le han reconocido una caja B en su partido sin que él, en el mejor de los casos no se haya enterado, y en el peor, haya mirado para otro lado o haya sido cómplice. El líder de un partido en que Luis “El Cabrón” es Bárcenas pero no se sabe quién es ese M. Rajoy que aparece en la contabilidad en negro. Que ha recibido sobresueldos durante años con ese dinero B que los tribunales han reconocido. El líder de la oposición que utilizó las tensiones en Cataluña para ganar votos. El jefe del ejecutivo que negó el problema, que dejó que se pudriera y que no ha podido o no ha sabido solucionarlo antes de tener que recurrir al recurso de la fuerza. El líder que parece haber bloqueado la salida de última hora aumentando las exigencias para descativar el 155, pues este presidente, al lado de Puigdemont, hasta parece un hombre de estado.

En manos de estos dos políticos estamos ante las 48 horas más importantes de este país para, al menos, las dos últimas generaciones de españoles y que marcará a las venideras. 48 horas en las que al final parece que Puigdemont tiene más ganas que Rajoy de que apliquen el artículo 155, para justificar su intención de tirarse al monte, y en las que el PP parece más ansioso que la propia Generalitat por una declaración unilateral de independencia que justifique su recurso a la fuerza y que tape su incapacidad para afrontar la crisis territorial de este país. Una activación del artículo 155 y una declaración de independencia que serían dos bombas nucleares contra la convivencia de los españoles.

Es increíble que hasta el más tonto en Cataluña y en España ve que el coche sigue cada vez más rápido camino del precipicio, estamos a punto de cruzar el punto de no retorno, y quienes conducen han dejado suelto el pedal del freno y siguen apretando a fondo el acelerador mientras se acusan de no frenar. Que los conductores se estrellen, a esta alturas, da exactamente igual, el problema son los pasajeros que han sido cogidos como rehenes y les acompañarán en su caída por el barranco. ¿Habrá tiempo para que alguien tire fuerte del freno de mano?

Cataluña, el rival más débil

Caminamos hacia los dos días decisivos en la cuestión catalana manteniendo ambigüedades, siguiendo con estrategias miopes y tratando de ver grietas por donde debilitar a los rivales para sacar rédito político.

Parece que lo importante es fomentar la cizaña ante las horas decisivas. Desde el frente independentista se juega con la convocatoria o no de elecciones para dividir a los partidarios del 155. Los constitucionalistas aprietan, elevando exigencias para no suspender el autogobierno, para acabar de romper el debilitado frente soberanista.

Puigdemont debe aclarar si acude o no al Senado a defender personalmente las alegaciones catalanas a la activación del 155, mientras prepara con su núcleo duro la estrategia a seguir en el pleno del Parlament que comenzará mañana a las 10. Un núcleo duro reunido esta última madrugada y que cada vez es menos homogéneo.

Las presiones se redoblan sobre el president para la convocatoria de elecciones, la única salida lógica, serena y pacífica de este entuerto. Pero las variantes empiezan a ser casi infinitas ¿elecciones autonómicas o constituyentes? ¿elecciones con declaración de independencia o sin ella?. El gobierno catalán sigue manteniéndose en esa ambigüedad calculada, mezcla de inteligencia y cobardía, en esas mentiras del lenguaje de decir pero sin decir, en ese hacer para luego deshacer pero sin que lo parezca, para contentar a los suyos y esquivar a la ley. Se sigue echando de menos ese preciado bien de la claridad.

El frente soberanista está cada vez más agrietado. Las posturas son cada vez más diversas desde el referéndum del 1 de octubre y sobre todo desde que las empresas han empezado a abandonar Cataluña. Algo natural por otra parte, cuando estamos hablando de un pacto contra natura que va desde la más rancia burguesía catalana hasta los anticapitalistas de la CUP.

La formación antisistema es la que menos se ha movido. No entienden otro escenario que la proclamación de la república catalana y ya han avisado que con ellos no cuenten para un adelanto electoral. En el grupo de JxSí, que agrupa a la antigua Convergencia y a ERC, sí hay fisuras. Hay quienes creen que es el momento de convocar elecciones y reconducir la situación evitando la aplicación del artículo 155, y los que siguen pensando en la proclamación de la independencia y luego resistir movilizando a la población.

El gobierno de Carles Puigdemont también se ha roto entre los partidarios de elecciones y los partidarios de levantar la suspensión a esa ambigua declaración de independencia del 10 de octubre. Tras las reuniones de la pasada madrugada se habla de “acuerdo frágil” en torno a una declaración de independencia con convocatoria de elecciones constituyentes.

El papel no es fácil, en esas reuniones en el Palau de la Generalitat participan como un consejero más los representantes de ANC y Omnium Cultural, que con los Jordis en la cárcel no conciben un paso atrás. El Govern creó a la bestia y ahora se enfrenta a ella en forma de frustración y decepción que ante una nueva cita con las urnas el PDeCat o ERC saben que no se pueden permitir.

Por otra parte, cada vez más sectores políticos, económicos y sociales de dentro y fuera de Cataluña, presionan a Puigdemont para ese adelanto electoral que evite el desastre. Aguantando esas fuerzas centrífugas y centrípetas, el president afronta el gran dilema al que debe responder en las próximas 48 horas. No descarten que no se mueva y sigamos enredados. Que mantenga la declaración del 10 de octubre y convoque elecciones con el nombre de constituyentes pero bajo apariencia de autonómicas.

También el frente del artículo 155 presenta las primeras grietas. En las últimas horas, y especialmente tras la sesión de control al gobierno de esta mañana en el Congreso, oyendo a Rivera o a Rajoy, da la sensación que tienen más ganas de que haya declaración unilateral de independencia PP y Ciudadanos que el propio Puigdemont. Ante la posibilidad, cada vez más manejada en Cataluña, de una convocatoria de elecciones, se elevan las exigencias desde Madrid y se pide una rendición en toda regla, con perdón incluido, lo que recuerda a lo sucedido durante los últimos coletazos de ETA, para no activar el 155. Parece que algunos están más preocupados en vencer, en humillar al adversario, que en buscar salidas y soluciones y evitar el desastre.

El PSOE se ha desmarcado de ese endurecimiento de las exigencias a Puigdemont provocando las primeras fisuras en este frente constitucionalista. El primer secretario del PSC, Miguel Iceta, ha sido el gran mentor del adelanto electoral que permitiría una salida sin desgarro una vez llegados hasta aquí, y en ese sentido han mantenido una canal de comunicación abierto permanentemente con la Generalitat.

Yo también soy de los que piensan que un adelanto electoral no es suficiente, para salir de ésta hacen falta dos convocatorias de elecciones. Una en Cataluña y otra en Madrid, que renueve interlocutores y haga posible reconducir una situación que a horas de los dos días decisivos,con plenos en el Parlament y en el Senado, sigue siendo imprevisible.

Hay una Cataluña sin banderas

Hay una calle en Barcelona donde no hay ninguna bandera desde que empieza a atardecer hasta que amanece. Son apenas 300 metros y está enfrente del Parque de la Ciudadela, donde se encuentra el Parlamento de Cataluña, apenas a tres minutos del lugar donde están puestos los ojos de medio mundo para comprobar si hubo o no hubo declaración de independencia y luego se suspendió, o si se proclamará esta misma semana.

Son los soportales del Paseo de Picasso de la ciudad condal, donde en cuanto el reloj se acerca a las ocho de la tarde, se empiezan a juntar decenas de personas que viven en la calle y se preparan para pasar otra noche más al raso. Muchos de ellos llevan años con las arcadas de esta calle como el único techo que han conocido.

Algunos son sin techo podríamos decir habituales. Acuden con sus carros de la compra atestados de cosas, llevan encima todas sus posesiones acumuladas en años de mala vida y acusan los golpes infinitos que les mantienen en la indigencia. Tienen un tetra brick de vino al lado, mientras se tapan con trapos sobre un lecho de cartones y no hablan con nadie.

Pero junto a ellos hay otras personas que podríamos ser cualquiera de nosotros. Como el chico del polo a rayas amarillo, limpio y bien vestido, clase media hasta hace unos años al que se le esfumó el trabajo y por el mismo sumidero se le empezó a ir toda la vida hasta acabar durmiendo en el suelo al lado del hotel KK Picasso. O la familia que aprovecha la esquina de los soportales para apoyar todos sus hatillos mientras limpian una sartén y preparan un infernillo donde van a preparar algo de cena como si estuvieran en la acampada más triste del mundo. A ellos se les nota en los ojos todavía una vergüenza que nunca he visto en los ojos de Puigdemont o Rajoy por tener así a sus compatriotas catalanes y españoles.

Como ellos son muchos los que aprovechan cada uno de los arcos de la calle para montar su improvisada habitación que levantan en cuanto empieza a amanecer. Es cierto que esta imagen se repite en casi todas las ciudades del mundo, en el puente de Ventas o bajo los puentes del Manzanares en Madrid, bajo los pasos elevados del Peripheriqué en París, en Sevilla o Londres, en Nueva York o Buenos Aires.

Apenas a tres minutos de donde esto sucede todas las noches hay decenas de unidades móviles de televisión, centenares de cámaras y periodistas, pero nadie mira bajo los soportales del Paseo Picasso. Son invisibles como lo han sido para todos los gobiernos de este país.

Entre este campamento improvisado de todas las noches en Barcelona no hay banderas, ni españolas ni esteladas, solo jerseys sucios y pantalones que tratan de airearse a la brisa de la noche. De ellos no se preocupan ni en La Moncloa ni en el Palau de la Generalitat, no hay artículos 155 para acabar con la pobreza.

Cataluña lleva diez años sin gobierno, y mucha de esta gente que duerme sobre el suelo del Paseo de Picasso son víctimas de esta situación. El Procés y la independencia se ha convertido en esta Comunidad en el único objeto de acción de la política. Aquí no se ha legislado para mejorar la sanidad o la educación, no ha habido planes contra la exclusión social en el periodo de mayor empobrecimiento de la población en cuarenta años, no se han mejorado los servicios públicos, ni ha aumentado la atención a los que más la necesitan.

Al revés, todo ello ha ido empeorando mientras se abrían embajadas catalanas en el extranjero o se organizaban referéndums. En Cataluña hay que pagar por una butaca para dormir el acompañante en los hospitales públicos, fue la comunidad donde antes empezaron los recortes, donde más ha disminuido el gasto en una educación pública en desventaja frente a a la concertada y la privada, sin que se organizaran manifestaciones multitudinarias plagadas de banderas.

El gobierno catalán ha usado el soberanismo para tapar las carencias políticas de los ejecutivos más ineptos desde la llegada de la democracia, que ha tratado de buscar enemigos en lugar de soluciones, que ha echado la culpa a España de los errores propios. El anhelo de independencia legítimo, que desde hace siglos lleva instalado en parte de la población de esta tierra, ha sido exaltado y extendido con mentiras para tapar carencias y miserias provocadas por unas élites más preocupadas de mantener privilegios que de llevar a sus ciudadanos a la tierra prometida.

Cuando toda España contiene la respiración esperando un pleno del Parlament el jueves, y otro en el Senado el viernes, que pueden hacer saltar por los aires la convivencia tal y como la hemos contemplado en los últimos 40 años, hay un lugar, a tres minutos de la cámara catalana, donde les da exactamente igual, ellos llevan años sin saber cuando se podrán duchar, donde podrán lavar el polo amarillo o que llevar a la sartén que hace meses que no conoce el aceite. Para ellos los dos euros que vale la estelada o la bandera de España de los escaparates de los chinos, es todo lo que tienen para pasar el día.